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CONFIESO QUE HE ANDADO… Saúl Santiago Revilla 18 febrero 2018 | de México a Italia

Esta historia comienza varias décadas antes de mi nacimiento.

Mi padre llegó a México procedente del norte chileno (Antofagasta) a la edad de 14 años, buscando llegar a los Estados Unidos de América con apenas la educación primaria terminada y algunos conocimientos de construcción. Sin embargo no logró llegar más allá del sureste mexicano donde se quedaría por algún tiempo ‘trabajando y ahorrando para su pasaje a Estados Unidos’, según sus propias palabras… lo que tampoco se llevó a cabo ya que pocos años después conoció a mi madre, una mujer oaxaqueña con un exquisito sazón que lo conquistó por el estómago y terminaron por unir sus vidas.

La situación de Oaxaca, lugar donde se había radicado mi padre, era bastante precaria por aquellos años, así que decidieron tomar el tren hacia la Ciudad de México, en donde se establecieron por espacio de varios años y donde nacimos mis hermanos y yo.

Algunos años después mis padres regresarían a Oaxaca debido a que mis abuelos oaxaqueños destinaron para mi madre una parte del extenso terreno que poseían a las orillas de la ciudad. Para entonces yo era ya un ‘chilango’ en toda la extensión de la palabra y aquel acontecimiento fue para mí un verdadero shock, ya que mi mundo cambió radicalmente al dejar aquella ciudad llena de edificios y avenidas enormes para llegar a la calma de esta ciudad provinciana. Aunado a ello, la actitud hacia nosotros en la escuela por parte de los compañeros era de burla al escuchar nuestro caló ‘achilangado’ e inmediatamente nos ganamos el mote de ‘los mexicanitos’ (por venir de México)

Creo que ese acontecimiento hizo que de algún modo no se desarrollara en mí en gran medida el sentido de arraigo a un lugar específico y en cuanto tuve edad suficiente me escapé de casa para ir a continuar mis estudios musicales y de Laudería a la ciudad de México. Al volver después de casi 10 años a la colonia donde había pasado mis primeros años me di cuenta que ya no me sentía parte de ella, era un extranjero en mi propia ciudad y en Oaxaca lo era con mayor razón.

Una vez comprendida mi situación me di cuenta que cambiar de lugar de residencia era únicamente cuestión de querer hacerlo y comencé a buscar los medios de viajar por medio de la música por todos los lugares posibles. Con esa idea en mente pude pasar casi un año recorriendo la espina dorsal de los Andes en Sudamérica, entre comunidades y ciudades de Ecuador, Bolivia, Perú, Argentina y Chile (donde pude visitar a mis abuelos paternos) sin extrañar México.

He podido ir tan lejos como la música me lo ha permitido, sintiéndome ciudadano de cada lugar que mi pie ha pisado, sin asomo de nostalgia o las ganas de volver a algún lugar… después de todo, ¿Qué es el lugar donde uno nace sino una circunstancia de tiempo y espacio?

He tenido la oportunidad de viajar lo mismo en el más cómodo asiento de avión, que en el más desvencijado autobús o en la caja de una camioneta rebotando por la carretera o caminando por largos caminos de tierra. No importa, lo verdaderamente interesante es conocer el camino y llegar a algún lado a hacer música para todo aquel que tenga los oídos bien puestos.

Considero que la importancia de las migraciones es muy grande y positiva para las sociedades porque se crean lazos, pero no de esos que amarran sino de los que ayudan a conectar a las personas, a entender que todos somos iguales; los del sur y los del norte, los de América y los de Europa, los que hablamos español y los que hablan alemán, inglés o cualquier otro idioma… A fin de cuentas, el ser humano siempre ha sido un ‘pata de perro’.
S.M.S.R.

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