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Gesto sin fin Carolina Jiménez 27 diciembre 2012 | de España

“Los niños, el océano, la vida silvestre, Bach./ El hombre es un extraño animal.” (Blanca Varela)

La trayectoria de Carolina Jiménez se ha desarrollado especialmente entre fanzines, exposiciones y volúmenes colectivos en los que cabe destacar distintos proyectos seriales como Te pareces a (en la que se realizan una serie de variaciones y superposiciones entre figuras zoomórficas y figuras antropomórficas como representantes de un propio espacio gestual) o la ilustración para la revista Playlist bajo el título “Escona Eina” realizada en 2010, en cuyo tratamiento de la figura infantil halla espacios de convergencia con el trabajo que hoy presenta la ilustradora.

En esta ilustración es posible rastrear el imaginario de la autora y su paleta de colores sumamente cálidos que entran en contraste o en tensión con el entorno inmediato, en este caso representado por el juego de las sillas, un juego infantil, pero que puede resultar extrapolable a la propia condición humana en el ritmo competitivo que se nos impone y en el que la rapidez nos obliga a vernos descartados. En este espacio que resulta al mismo tiempo lúdico y competitivo es donde se desenvuelven los niños que entran en escena y que son los portadores de las máscaras. El trabajo sobre las máscaras supone también un espacio sobre la identidad en el que hay una serie de niños con el rostro desdibujado- rasgo característico de la autora- en dialogo con niños que portan máscaras de la cultura wichi, representada por el armadillo, que aparece como mero observador del juego, excluido del proceso que se desarrolla alrededor de las máscaras.

El tono idealizado (representado en las alas de ángel que porta la niña) supone un espacio de confrontación sobre esos rostros despersonalizados, carentes de rasgos, que se aglomeran bajo el espacio del juego o la competición que supone la escena colectiva que se presenta. La paleta de colores de Carolina Jiménez, siempre de tonos pálidos, entra en diálogo con los espacios más siniestros de la despersonalización del rostro o ausencia de identidad y de la máscara como espacio de ocultación, pero también de juego en el que el gesto social parece impuesto por el espacio relativo de las figuras en torno a las sillas. El tono cálido e idealizador de las figuras humanas nos introduce en esta dialéctica entre personalización y despersonalización mediante un espacio de desarrollo donde la focalización se encuentra entre las relaciones humanas alrededor de la máscara y la exclusión de la figura natural, el origen de la que parten. Y lo hace con suavidad, lucidez y un excepcional rigor y exigencia.

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